(O de por qué no existe el lesbianismo)
Miércoles 4 de julio de 2007, por Cecigala
Este Texto fue escrito en 1987, y nos llego solo una parte. Se agradece cualquier otro dato al respecto del mismo. CeciG
Nota 1: Esta ponencia no es más que el avance de lo que publicaremos, más ampliamente desarrollado, en el próximo número del "Nosotras... que nos queremos tanto", el número 4. Es para abrir boca, niña-ñan-ñan-muerde-perro, por si veis que os interesa el bocado. Aquí no podíamos extendernos más. Es la última parte, la que se refiere a la violencia específica contra las lesbianas, la que tendrá bastante más espacio en nuestra revista. Esa y la que se refiere a los medios de comunicación y al mecanismo de Limitación-Normalización. También le quitaremos los asteriscos a Don Francisco Umbral y le meteremos un buen contexto de palos
NOta 2 2009 de PILAR BELLVER (Alias María Bielsa): El ensayo titulado NIÑA-MUERDE-PERRO (O DE POR QUÉ NO EXISTE EL LESBIANISMO), publicado en la revista "NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO", en su número 4 de marzo de 1986, editada por el COLECTIVO DE FEMINISTRAS LESBIANAS DE MADRID está firmado por MARÍA BIELSA (del Colectivo de feministas lesbianas de Madrid). María Bielsa soy yo.
Lo escribí en realidad en el otoño de 1985 y se presentó en las Jornadas Feministas de Barcelona, en Noveimbre de 1985. En su día, no pude firmar con mi nombre, PILAR BELLVER, porque hubiera tenido problemas en mi trabajo. Pero mi psudónimo, María Bielsa, que he utilizado en varias ocasiones, es el nombre de la protaginista mi primera novela "Veinticuatro veces", Lumen, 2000.
El texto es bastane largo y ha estado circulando a trozos por ahí. Ahora, dentro de unos días, cuando terminen el proceso de traslado a soporte informático, lo colgaré en www.pilarbellver.com, una página que ha sido construida exclusivamente para poder descargar gratis las novelas que ya no están sujetas a derechos editoriales.
Una lectora ha venido a recordarme que ese texto también podía ser interesante. Espero que así sea.
PILAR BELLVER (Alias María Bielsa)
Niña Muerde Perro
La niña...
Todo sistema (ya sea el sistema que regula el tráfico en una ciudad o el sistema patriarcal) Supone la introducción de un “orden” sobre la realidad. Todo sistema es una manera de ordenar la realidad. El ordenamiento de lo que nos rodea y la manera en que se nos ordena a nosotr@s mism@s no es un ordenamiento arbitrario o casual ni “natural”. Es un ordenamiento interesado, histórico y, por tanto, no natural sino cultural. Es interesado porque responde a intereses concretos que es posible analizar concretamente. El orden de los sistemas sociales es histórico porque ha variado en cada momento según han ido variando los intereses del grupo dominante o el mismo grupo dominante. Y es cultural y no natural porque la naturaleza no tiene en si misma ningún orden propio e independiente de los ojos que la observan. El orden o desorden que advirtamos en la naturaleza dependerá de los criterios ideológicos con que la observemos y tales criterios ideológicos pueden cambiar sin que cambie eso que llamamos naturaleza. Buen ejemplo de ello es el desarrollo histórico de la ciencia, el cambio de os conceptos científicos sobre los mismos “procesos naturales”. El desarrollo histórico de la ciencia es también ejemplo de que ella misma no es aséptica, no está, ni mucho menos, al margen de los valores ideológicos con que se aborda el estudio de los fenómenos. Decíamos que todo sistema introduce un orden sobre la realidad, una manera de observarla, explicarla, valorarla y regularla. Y decíamos que ese orden responde a unos intereses perfectamente determinables y que, por tanto es susceptible de ser criticado, analizado según otras perspectivas, valorado según otros intereses y hasta cambiado revolucionariamente si se logra la fuerza de oposición necesaria. Ningún sistema puede abarcar toda la realidad, aunque una de las características intrínsecas de todos los sistemas es, precisamente, hacer creer a los individuos que dentro de aquellos se contiene todo lo posible. Lo que esta fuera del sistema es imposible. De manera que los limites entre lo posible y lo imposible, entre lo real alcanzado y lo que se considera irreal e inalcanzable, no son los limites que separan la fantasía de la realidad de lo que de echo se da en la realidad, sino los límites que separan lo que el sistema abarca y ordena de lo que no puede contener.
A veces, cuando las voces de lo imposible se alzan con demasiada fuerza, con tanta fuerza que empiezan a oírse “dentro de la realidad”, ya no se puede silenciarlas y entonces lo imposible es cubierto por un manto de valoraciones que admiten su deseabilidad. Es decir, a veces se admite que algo imposible es deseable, con tal de no poner en tela de juicio su misma imposibilidad. Hoy son amplios los sectores de gente que admiten que un mundo en el que no hubiera ni ricos ni pobres es un mundo deseable, pero solo a cambio de no poner en peligro el juicio que considera que ese mundo es imposible. Ese es el significado que da el sistema a la palabra “UTOPÍA”, por ejemplo.
Que una de las bases que sustentan este sistema social en que vivimos es la situación subordinada de las mujeres, nuestra opresión, es algo que ya viene siendo gritado desde hace muchos años por el movimiento Feminista. Hemos conseguido apenas una igualdad formal ante algunas leyes, que ni siquiera ante todas; Sin embargo, todavía hoy no es mayoritario el sector que reconozca la deseabilidad, al menos, de nuestras reivindicaciones. Todavía hoy no es generalmente aceptado que sea un mundo deseable aquel en que hombres y mujeres estén en igualdad real, no divididos (a este lado la opresión, al otro lado los privilegios) por la desinrazón del sexo, por más que no sea despreciable el terreno que ya hemos recorrido. Y es que la opresión de las mujeres pertenece a una categoría del ordenamiento del mundo que aún parte de la peregrina idea de que es “NATURAL”. Aún se utiliza el método de convencernos de que la imposición de nuestro papel no es tal imposición, sino el resultado de la Naturaleza, así, con mayúscula. Ya sea de una Naturaleza emanada de Dios en la que los seres humanos solo intervenimos en la medida en que nos es “revelada”; o ya sea de una Naturaleza basada en una anquilosada, errónea y poco inocente valoración biológica. Una vez establecida la supuesta “naturalidad” del papel de las mujeres, es difícil desenmascarar que tal papel es de subordinación que nuestra realidad es una realidad de opresión y que toda opresión, por definición, es violenta. Supuesta la naturalidad de este orden, se convierte en una tarea difícil desenmascarar que se trata de un orden violento, que utiliza la violencia para establecerse y para autorreproducirse. Y, en el caso de la opresión de las mujeres utiliza la violencia en uno de los abanicos más amplios de sus formas: Desde la violencia que supone la simbología de la sumisión en la que se nos educa, introduciéndola en nosotras desde que nacemos, hasta la violencia física, directa, visible, de la violación. De ahí que, cuando nosotras hablemos de violencia contra las mujeres, estemos refiriéndonos a una lista de fenómenos mucho más amplia que la que reconoce como “Violencia” el sistema. El reconocimiento de que casi toda nuestra vida cotidiana esta surcada por la violencia, más allá y más profundamente de lo que representa el asalto de un hombre en un callejón oscuro, seria reconocer que la jerarquización y la división sexista del mundo han sido impuestas a quienes las padecemos y no seria sensato esperar que quienes se benefician de una u otra manera se levanten un buen día dándonos la razón. Será nuestra denuncia, nuestra lucha, la que vaya ampliando cada vez más el concepto de violencia y, por tanto, la posibilidad de arrancarla por sus raíces.
De esa larga lista de violencia contra la mujer, a nosotras nos interesa destacar ahora el apartado de la violencia que supone la imposición de un modelo único y normalizado de desarrollo de nuestra sexualidad.
El Mordisco
Hemos dicho antes que los sistemas sociales tienden a hacer creer a los individuos (en la medida en que consigan esa fe asegurarán su permanencia) que los modelos que les proponen sobre la realidad son los únicos posibles. A veces tienen tanto éxito en esa labor de convencimiento, que llegamos a no darnos cuenta que se trata de modelos de la realidad, visiones de la realidad, y los confundimos con lo que se da en la realidad de hecho. Para la imposición de modelos de comportamiento, los sistemas tienen un doble mecanismo, al que llamaremos de Limitación-Normalización. 1: LIMITACIÓN De la primera forma de limitación ya hemos hablado: se nos presenta una visión de la realidad como si fuera todo lo que se da en la realidad. El actual sistema social cuenta con un arma cuya fuerza era desconocida hasta ahora en la historia: Los medios de comunicación. Nunca a lo largo de la historia ha habido un aparato de aleccionamiento ideológico tan eficaz ni tan complejo y totalizado. Vamos a referirnos a las sociedades que conocemos, a las llamadas occidentales y desarrolladas. Después de este primer fundamento del mecanismo de la limitación (una visión totalizadora de la realidad), el paso siguiente consiste en mostrar a los individuos un conjunto abrumador de posibilidades y ofrecerles como tales posibilidades a todos y todas, sin distinción, porque el sistema en que vivimos hace gala de haber asumido, formalmente, la democracia. Es decir, se muestra una serie, aparentemente infinita, de ofertas, y se las muestra en forma de posibilidad de ser alcanzadas por cualquiera que se lo proponga. La propia sencillez del mensaje da escalofríos.
1 Esto es lo que hay y lo que hay es el TODO 2 Cualquier parte del TODO está a tu alcance porque el sistema ofrece a TODOS las mismas posibilidades. 3 Si no alcanzas algo que deseas, el fallo esta en ti, no en el sistema.
Para comprender mejor este esquema hay infinitos ejemplos. Se nos muestra el caso de un negro que llega a ser un gran actor o un gran cantante, de lo cual se deduce que todo negro buen actor o buen cantante llegaría al mismo sitio que él sin ninguna traba especifica. Se nos muestra a un hombre cuyo sacrificio, fuerza, valentía, astucia... le llevan de ser un simple botones a ser el dueño de una multinacional de la hostelería, aunque todo el dinero no le sirva para comprar la felicidad ni le libre de accidentes y desgracias. Se nos muestra a una mujer cuyo sacrificio, fuerza, valentía, astucia... le llevan de ser una viuda desvalida a ser la dueña de una multinacional de la cosmética, aunque todo el dinero no le sirva para comprar la felicidad ni le libre de accidentes y desgracias.
De lo cual se deduce que todo hombre y toda mujer dotados de estas o parecidas cualidades llegarían a los mismos resultados, estábamos convencidos y convencidas de que son nuestra torpeza, nuestra incapacidad, nuestra inferioridad... los culpables de nuestra situación. O bien ni siquiera deseamos nada que no este incluido en esa situación y convertimos en mito nuestra “felicidad individual y espiritual”. Fruto de este razonamiento son las frases, a modo de máximas filosóficas: “Los ricos no son felices”, por un lado, y, por otro, “Nosotras estamos mejor que los hombres”.
La elección de los anteriores ejemplos no es casual. Parece que nos hablan de realidades que nos son ajenas y es cierto. Pero no es menos cierto que toda nuestra vida cotidiana está surcada de semejantes paradigmas. Somos víctimas de una brutal colonización. Como las multinacionales, el aleccionamiento también es multinacional. Como los roles sexuales y su reproducción. Si dejáramos a un lado tal colonialismo, tampoco nos quedaríamos faltas de argumentos. En vez del negro, léase el gitano maravilloso bailarín. En vez del dueño de la Multinacional, léase el torero famoso o el dueño, andaluz y casi analfabeto, de una gran editorial. En vez de la dueña de la multinacional, léase simplemente María.
Sabemos que no existe, pero se nos ofrece la posibilidad de salir de nuestra situación, si no nos gusta, en tanto que botones, negras o gitanas... En tanto que Mujeres, en lo que se refiere a nuestra opresión específica, ni siquiera se nos ofrece la posibilidad de salir de ella. Aunque esa posibilidad sea falsa presentada desde esta sociedad, lo cierto es que ni siquiera se nos ofrece porque esta sociedad ni siquiera reconoce la deseabilidad de nuestras reivindicaciones. Las mujeres “Ejemplares” que nos presentan siguen fieles a su rol de mujeres.
Lo que esta sociedad nos propone no es que disfrutemos todos y todas por igual de las mismas o parecidas cosas (un yate, una casa en el campo, el éxito profesional); lo que nos propone es disfrutar de la aparente “posibilidad que tenemos” de disfrutarlas. Por que, de las posibilidades que se ofrecen como tales, solo una parte irrisoria lo son realmente, son reales posibilidades.
Hay tantas formas de limitación como formas de opresión. La cosa quedaría así: los pobres solo disfrutamos de la posibilidad de las posibilidades que nos ofrecen. Y las mujeres solo disfrutamos de la posibilidad de las posibilidades que tal vez nos ofrezcan. La heterosexualidad obligatoria es una forma de limitación.
A veces, el mecanismo de limitación, en algunos aspectos, no ha llegado a refinar tanto sus formas; permanece en una de las más burdas: la negación. El ocultamiento, el borrón, el silencio. Ya no se trata de decir, por ejemplo, que en la realidad se dan solo diez posibilidades, aunque de echo sea alcanzable la mitad de una, sino que directamente se ofrece una única posibilidad, la que interesa, negando que haya ninguna otra. Es el caso del desarrollo, en un único sentido, de nuestras posibilidades de relación sexual. Por eso se identifica directamente sexualidad con heterosexualidad. La historia que nos ha llegado, el cine, la literatura, los libros de texto, ignoran, que pueden darse otras formas de relación sexual (ya comentaremos que ocurre cuando no es posible negar su existencia tan radicalmente). De una gama bastante rica de desarrollo nuestra sexualidad, el orden social impone una sola en un esfuerzo de limitación evidente y que evidentemente la beneficia.
2. Normalización
Pero este sistema social no solo limita las posibilidades reales y limita el número de personas que pueden alcanzarlas, sino que establece también la manera de realización, según su orden, de las posibilidades que ofrece. Es la normalización. El reglado, el encauzamiento. Una vez establecido el QUE y el QUIENES, se dictan normas sobre el CÓMO. La heterosexualidad, una vez normalizada, es androcéntrica.
De ahí que esta sociedad no solo diga, en el caso que nos ocupa, que la única manera válida de relación sexual es la heterosexual, sino que ha dado a la heterosexualidad un cauce de desarrollo: *No solo la heterosexualidad, sino una heterosexualidad preferiblemente legalizada en la familia, preferiblemente restringida durante la infancia y la tercera edad, preferiblemente genital, preferiblemente coital... y un largo etcétera que no es difícil ir rellenando. *Y una heterosexualidad acorde con el papel subordinado general de las mujeres, es decir, una heterosexualidad androcéntrica, es decir basada en la sexualidad del hombre, es decir, una heterosexualidad que niega el placer autónomo de las mujeres a favor del placer donado por los hombres y dependiente del suyo... y un largo etcétera que tampoco es difícil seguir ilustrando.
... Y el Perro
La heterosexualidad, pues, tal y como se da en este marco, no es libre para las mujeres porque no se desarrolla libremente, sino conforme al papel que nos imponen. Y no es elección de las mujeres porque jamás se nos ha ofrecido ninguna otra forma de desarrollar nuestra sexualidad que no sea en dependencia de la del hombre. Esta heterosexualidad es impuesta y, por tanto, violenta para todas las mujeres, no comportemos preferentemente como lesbianas o preferentemente como heterosexuales o como quiera que nos comportemos.
Y las maneras de imposición del modelo sexual no son violentas en aquel caso porque supongan una agresión física o psíquica manifiesta, sino que son violentas en cualquier caso en la medida en que son formas de imposición. Sin embargo, la imposición ordenada, normalizada, a través de los muchos cauces con que cuenta esta sociedad (la familia, la escuela, el dominio de los medios de comunicación...) son formas de imposición que el sistema considera “NO VIOLENTAS”. Y son consideradas no violentas a fuerza de haber elevado a MITO incuestionable la supuesta “naturalidad Biológica” de las relaciones heterosexuales. El mensaje es éste: “Somos biológicamente heterosexuales”.
Para la construcción de este mensaje se han utilizado sucesivos escalones de referencias, aparentemente sustentadas las unas en las otras, que han pretendido llevarnos al final de la escalera sin que advirtamos el momento el momento en que se introdujo el escalón falso; es decir, el punto en que la referencia perdía su carácter de referirse solo a lo que se da en la realidad. Desde el establecimiento de que existen dos sexos biológicamente diferenciados, hasta la justificación biológica de sus papeles sociales, hay un escalón falso que responde al interés de justificar el papel subordinado de las mujeres. Desmentir este mensaje ha sido una de las tareas claves del Movimiento Feminista.
Desde el establecimiento de que existen dos sexos biológicamente diferenciados y desde la constatación de que la reproducción de la especie requiere el coito (la inseminación artificial es más cara), hasta convertir la reproducción en la justificación de las relaciones sexuales (vaciando así de contenido toda relación sexual que no persiga la reproducción), hay un escalón falso que pretende relegar a las mujeres a un papel de reproducción. Desmentir este mensaje ha sido una de las tareas claves del Movimiento Feminista.
Desde la constatación de que existe en los individuos un impulso, una pulsión, que les lleva a desear relacionarse sexualmente, desde la constatación de que ese impulso tiene raíces biológicas, hasta convertir el impulso sexual en instinto sexual y el sentido de esas relaciones que se desean unidireccional y heterosexual exclusivamente, hay un escalón falso que pretende justificar el mensaje al que nos referíamos, el que reza que somos “biológicamente heterosexuales”. Sin embargo, desmentir este mensaje es una tarea de clave que el Movimiento Feminista todavía no ha asumido como tal mayoritariamente.
Y, si no somos capaces de advertir que la imposición de este modelo sexual es violencia sexual que se ejerce contra todas las mujeres, no estaremos en condiciones de enfrentar la lucha contra el resto de las violencias sexuales desde una mínima coherencia.
El adoctrinamiento y los canales normalizados, los “no violentos”, son el triunfo de una red de medios impositivos que funciona reduciendo al mínimo el enfrentamiento entre las personas y la sociedad y que consigue de aquellas que se adapten a esta sin darles oportunidad de observar críticamente sus contradicciones. Pero hay otras formas, que el propio sistema no ha tenido más remedio que reconocer como “violentas”, de imposición de su modelo sexual. Estamos ante el caso de la violencia física directa que supone la violación o la “Trata de mujeres” o la prostitución infantil... Son solo los aspectos más sangrantes de la violencia los que la sociedad está dispuesta a reconocer como tales.
De ahí precisamente, de la crueldad y la evidencia de tales violencias físicas, viene la urgencia que el Movimiento Feminista debe dar a las campañas contra las agresiones sexuales. Para llegar a las mujeres que todavía no están con nosotras sería insensato empezar por soltarles un discurso como este en el que hemos intentado dibujar el panorama general en que se desarrolla todo tipo de violencia contra las mujeres y más específicamente la violencia sexual. Conectaríamos con muy pocas mujeres o con ninguna. Sin embargo, es tal el grado de ensañamiento con que se nos arremete en tantas ocasiones, que, el mínimo grado de conciencia, no ya frente a nuestra opresión especifica, sino simplemente frente a la justicia más descarnada, por parte de muchas mujeres, salta para indignarse y las coloca en situación de luchar formando parte del movimiento. Serán ellas mismas las que, como nostras, irán viendo luego que la violencia tiene más tentáculos y más profundamente anclados y que somos víctimas de más agresiones, aunque menos evidentes. Tenemos que ir delante para que, cuando se produzcan esos brotes de indignación en las vecinas de una mujer violada en el barrio, por ejemplo, podamos hacer que pasen de ese primario grado de conciencia frente a la injusticia al grado de conciencia que necesita nuestra lucha.
Si algo teme el orden social frente a la aparición de la violencia manifiesta, es, precisamente, que quienes son testigos de ella pasen de una “lógica indignación” a una incómoda actitud combativa y pasen de interpretar esos casos como “casos aislados” a interpretarlos como lo que son: solo puntas de un iceberg al que todavía no se le ha visto el fondo.
Y sabemos que el propio orden social establecido considera violentas tales formas de imposición de su modelo sexual porque tiene previsto y tipificado el castigo. Pero en el castigo mismo, y en el modo de aplicarlo, podemos observar la contradicción en que se mueve el sistema de valores de esta sociedad. Empezando, por ejemplo, por lo que considera violación y lo que no. En una sociedad donde no solo la heterosexualidad, sino la heterosexualidad androcéntrica, todavía hoy básicamente genital, coital y reproductiva, es la única forma válida de sexualidad, resulta coherente que la violación requiera, para tener consideración de tal, que se de la penetración del pene en la vagina. Una sociedad que sigue mitificando la virginidad como la prueba de la exclusividad de la posesión de una mujer por parte de un hombre, resulta coherente que se castigue más duramente la violación de una “virgen” y hasta resulta coherente que un violador, que esperaba ser “estrenador” y dueño de su víctima, al comprobar, penetrándola, que no es virgen, “se enfade y la mate”... por “zorra”. Resulta coherente que, en una sociedad donde la mujer es propiedad del marido, no se den muchas denuncias de lo “indenunciable”: la violación del marido a la esposa: claro está que no puede denunciarse lo que es llamado “debito” conyugal. Es coherente que, en una sociedad donde la mujer es propiedad de los hombres, los que se sienten ofendidos en su honor cuando les violan a sus mujeres sean sus dueños y es coherente, pues, que se castigue más al violador de una mujer casada, siempre que el violador no sea su propio marido, que al violador de una mujer “liberada”, sin “dueño”, que se atrevía a ir sola por la calle y que sin duda provocó la incontenible naturalidad del cumplimiento del deseo sexual de su benefactor.*
Es coherente que el que “hace un favor”, el “donante de placer”, se extrañe de (y a la vez le agrade) ver la ira con que es recibido su regalo por parte de la favorecida por su ataque... Es coherente que se produzcan, y a la vez se silencien más que ningunas, las violaciones de los padres a las hijas, de los hermanos a las hermanas; de los cuñados a las cuñadas. Es coherente la violación del jefe ante la amenaza del despido... Etcétera. Un largo etcétera de brutales “coherencias.
El orden social que padecemos no puede permitir violencias físicas tan evidentes, pero ya vemos que tampoco puede castigarlas con rotundidad en muchos casos porque ello implicaría dejar al descubierto el sistema de valores que las han provocado y que son las que sustentan y reproducen su modelo sexual. El robo, por ejemplo, no plantea problemas: es castigado rotundamente y desde su raíz porque en la raíz del castigo está la consideración de la propiedad privada como derecho incuestionable. Sin embargo, la mayor o menor contundencia en el castigo de un violador dependerá, entre otros factores que tienen que ver con el “status” social al que pertenezca, de uno muy importante: los derechos que puedan tener sobre la violada padres, hermanos o maridos.
Y lo que aparece con claridad es la negativa a considerar a la mujer absolutamente dueña de sí misma. Por que forma parte crucial del esquema social que la mujer no tiene entidad por si misma, si no en tanto que un hombre se la da. Y tan es así, que hasta nuestro ser, ser mujer, depende de que un hombre tenga a bien dárnoslo. Todas hemos oído decir (y deberíamos habernos excitado al oírlo) “voy a hacerte mujer”... ¿Qué fuimos antes de que un hombre nos diera el ser? o ¿fuimos algo siquiera?. Son preguntas de difícil respuesta.
Es esta sociedad laque dice que dotar de identidad, dar sentido, es “bueno”; es esta sociedad la que dice que dar placer a quien no lo tendría si no “le fuera dado” es “bueno”; es esta sociedad la que dice que poseer es “natural” para los hombres y ser poseídas es “natural” para las mujeres; es esta sociedad la que dice que un hombre “naturalmente” desea y “busca” el cumplimiento de sus deseos y la mujer naturalmente lo que desea” es “ser deseada” y lo que busca es que la “encuentren”. Por eso no es de extrañar que el primer sorprendido ante el castigo impuesto por la misma sociedad sea el propio violador.*
** Los dos Asteriscos vienen a cuento para señalar que todo esto ha tenido a bien explicárnoslo mucho mejor el señor don Francisco Umbral. Y nos lo explica mejor porque habla desde sí mismo, como entusiasta violador y ardiente paladín de violadores, defendiéndose y defendiéndolos a capa (en EL PAÍS) y a espada (en INTERVIÚ).
A menudo se nos presenta al agresor de mujeres como a un ( y no importa de que tipo) “enfermo mental”. ¿Por qué? De ser así tendríamos que definir su “trastorno” como la absoluta adecuación de una mente a los contenidos que rigen esta sociedad y tal parece que esa fuera más bien la noción de “cordura” que tiene esta sociedad. No hay más “trastorno” que el haber “exagerado” la asimilación de los contenidos que hemos venido comentando hasta aquí. Este tipo de explicaciones suele ser bastante frecuente cuando la sociedad es incapaz de dar otras sin entrar e contradicción con sus propias normas. Y son explicaciones la mar de eficaces, además de socorridas, porque consiguen que la monstruosidad de una agresión brutal sea vista –precisamente dándole bombo y platillo, basándose en la descripción de su misma brutalidad- como obra solo posible de un loco y un monstruo brutal. El mensaje se vuelve así doblemente contra nosotras: “Un hombre normal no haría eso”. Los pormenores con que suelen relatarse las más horribles agresiones contra las mujeres podrían sernos favorables, dado que muestran la espantosa crudeza con que se dan, de echo, y dado que podría servir para despertar más vivamente el rechazo generalizado. ¡Ojalá fuera así, pero hay mecanismo para que no lo sea! La narración sangrante, detallada, de un episodio atroz de la violencia contra nosotras no responde más que a la necesidad de apuntalar bien ese mensaje, convirtiéndolo en moraleja de lo que se ha contado; a veces, es una moraleja explicita. Cuanto más monstruosa sea una agresión, más posibilidades tiene de convertirse en noticia, sirve para “demostrar” que se trata de un “episodio” y no de una cotidianeidad; que se trata de un agresor enfermo, que porque está enfermo es agresor, y no de un agresor tan normal y tan cercano como podría serlo muchos de los que nos rodean, aunque, eso si, un “pelín exageradillo”.
Hay un interés primordial y meditado, observable a lo largo de la historia por parte de todo ordenamiento social, por desprestigiar a los grupos sociales que se le enfrentan, para dejarlos fuera de contexto, para vaciarlos de contenido, aunque sea al precio de admitir algunas reformas, para restar sus fuerzas... y cualquier medio es válido para alcanzar este objetivo, por muy ridículo que nos parezcan algunos; y caeríamos en un grave error sí, por ridículos, los consideramos ino0fensivos porque nunca lo son. Es desde ahí desde donde tenemos que entender el desprestigio que se articula constantemente contra las feministas; se lo debemos al carácter de enfrentamiento revolucionario que supone, para esta sociedad, nuestro movimiento.